Colección El Séptimo Circulo Dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, fué editada por Emecé a partir del año 1945, considerada como la primera colección policial en latinoamérica, su nombre hacía referencia al anillo que Dante reservaba a los violentos.
Dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, fué editada por Emecé a partir del año 1945, considerada como la primera colección policial en latinoamérica, su nombre hacía referencia al anillo que Dante reservaba a los violentos. En total se publicaron 366 títulos, pero en realidad solo los primeros 120 estuvieron bajo la conducción de ambos escritores. Luego, siguió bajo la supervisión de Carlos V. Frías.
El emblema característico era un un caballo de ajedrez en la anteportada y las inconfundibles cubiertas realizadas por el pintor cubista José Bonomi. El primer ejemplar fué "La Bestia debe morir", de Nicholas Blake, seudónimo del poeta Cecil Day Lewis, padre del actor Daniel Day Lewis. Seguirían posteriormente una interminable lista de autores de la talla de: Dickens, James Caín, Vera Caspary, Wilkie Collins, Enrique Amorin, Raymond Chandler, G.K. Chesterton, Agatha Christie, Graham Greene, Silvina Ocampo,Bioy Casáres y tantos más.
Actualmente se ven muchos de ellos en el mercado, principalmente desde el número 200 en adelante, sin embargo, los primeros ejemplares siguen teniendo gran valor para los coleccionistas. Valga como ejemplo: "Los que Aman Odian" de Silvina Ocampo y A Bioy Casares, Nro 31 de la colección es practicamente imposible de conseguir, al igual que "El Almirante Flotante" Nro 69, con prólogo de G.K. Chesterton y escrito por el Detection Club de Londres
TRADICION DE LIBROS EN BUENOS AIRES Cierto día de 1910 un hombre entró en la librería de Rafael Palumbo, en Lavalle al 800 y, tras revolver largo rato, extrajo un libraco que yacía bajo la polvorienta pila
Cierto día de 1910 un hombre entró en la librería de Rafael Palumbo, en Lavalle al 800 y, tras revolver largo rato, extrajo un libraco que yacía bajo la polvorienta pila. Se acercó al libero y pidió recio. Palumbo sospechó con parsimonia el volumen mirando de hito en hito al silencioso cliente. “Cien pesos”, pidió. El comprador regateó un poco y finalmente pagó ochenta. Con el libro bajo el brazo, partió raudo: nunca volvió ni nadie supo su nombre. Un tiempo después, la prensa del mundo informaba que un ejemplar de la Biblia de Gutenberg había sido descubierto en una librería de viejo de Buenos Aires y que el Museo Británico había pagado por él 10.000 libras esterlinas. Aún se exhibe como una de las joyas del museo.
Episodios como éste han alimentado el mito de Buenos Aires como ciudad de prosapia librera, admitido desde entonces por todos sus visitantes; por ejemplo, Humberto Eco (o mejor dicho, el supuesto traductor de El Nombre de la rosa) encuentra un raro volumen que contiene numerosas citas del manuscrito de Adson de Melk, el narrador de esa novela, en una librería de la Avenida Corrientes.
(Por Alvaro Abós. Diario La Nación)
Biblioteca Furt (Estancia Los Talas) Camino a la ciudad de Luján, en el casco Los Talas, se levanta un insospechado espacio cultural provisto de incunables y documentos de incalculable valor.
La Estancia Los Talas está ubicada en el camino de Luján a Navarro, Pcia. de Buenos Aires, a unos 80 Km. aproximadamente de la Ciudad de Buenos Aires. Parte de su casco fue construido en el año 1824, por Don José Mariano Biau. En 1839 residía en ella Esteban Echeverría antes de que emigrara a Montevideo y el 7 de octubre de 1840 Juan Manuel de Rosas confiscó el campo, que fue luego devuelto tras la batalla de Caseros.
Su biblioteca, con más de 40.000 volúmenes, es una de las colecciones privadas más importante del continente. Perteneció a Jorge Furt, escritor, coleccionista y artífice de tamaña riqueza. En la actualidad, Etelvina Furt y Ricardo Rodríguez, son los cuidadores de este lugar que posee códices y antifonarios de autores como Petrarca y Boccaccio, o fragmentos de las Sagradas Escrituras que datan del año 1200. La pareja recuerda cuando un grupo de empresarios norteamericanos les hizo una oferta “infartante”. Llegaron con un cheque en blanco y estas exactas palabras:”Ponga la cifra que desee”. Pero hicieron oídos sordos y siguen atesorando el patrimonio heredado.
En medio de muebles coloniales, vajillas antiguas, cuadros de época, es frecuentemente consultada por estudiosos de universidades argentinas, europeas y norteamericanas. Un ejemplar del Amadís de Gaula impreso en Venecia en 1533, primeras ediciones de Góngora, Gracilazo y Quevedo, las crónicas de Alfonso El Sabio, la edición príncipe de “Oráculo Manual”, de Baltasar Gracian, impreso en 1647, son algunas de las tantas joyas de este lugar.
Reportaje a Julio Cortázar sobre Jazz "Sucede además que por el jazz salgo siempre a lo abierto, me libro del cangrejo de lo idéntico para ganar esponja y simultaneidad porosa."
- Si no te molesta, podemos pasar al jazzz, otra de tus pasiones... ¿Sigues tocando la trompeta?
- Cada vez menos. En un tiempo la tocabaa pésimamente, para tortura de mis vecinos, pero ahora estoy constantemente viajando, de un lado a otro, cuando no estoy en Nicaragua, estoy yendo a México o regresando a París... vivo en los aviones. Y la trompeta es un instrumento implacable que exige una preparación de los labios y eso sólo se consigue tocando seguido. Por otra parte, no estoy en las mejores condiciones físicas ahora para tocar la trompeta, pero me divertía mucho cuando podía hacerlo. En realidad, debo confesarte que yo soy un músico frustrado.
- ¿Tocabas algún instrumento de niño?
- Sí, el piano, me obligaron a tocarlo desde los ocho hasta los trece y un día cerré el piano y no quise tocarlo más. Una tía mía, fanática de Bach y de Chopin fue la que hizo de mí un melómano.
- ¿Desde cuándo te interesó el jazz?
- No lo sé exactamente, pero creo que noo tengo casi recuerdos sin jazz. Yo nací en 1914 así que, cuando era chico, asistí al nacimiento de la radio... no había discos de jazz todavía. En esa época se escuchaba en la radio, en Argentina, tangos, música clásica o música popular hasta que un día, -yo tendría diez años- escuché por primera vez un fox trot y fue mágico para mí. Dos o tres años después, descubrí a Jelly Roll Morton y más tarde, a Louis Armstrong y a Duke Ellington. Durante mucho tiempo ellos fueron mis músicos de jazz preferidos.
- ¿Ya no lo son? ¿Qué discos salvarías ddel diluvio?
- Sí, sí, lo siguen siendo. Es más, si tuviera que elegir algunos discos para salvar del diluvio, -como dices- (se ríe) me llevaría discos de los tres, sobre todo algunos del viejo Armstrong y del Duke Ellington de los años veinte al treinta. Como ves no he evolucionado mucho...
- ¿No te llevarías ningún disco de música clásica?
- Bueno, quizás no me expliqué bien. El jazz es maravilloso pero la música clásica es como la gran literatura y mi amor por el jazz es algo que corre paralelo a mi amor por la música clásica... Si oyes la música medieval, la música de cámara de Mozart o los últimos cuartetos de Beethoven, sabes que es todo lo que se puede conseguir en música. Si tuviera que elegir discos para salvar del diluvio entre jazz y música clásica -cosa que no querría-, aún con mucho dolor escogería algunos de música clásica, entre los que te he dicho e incluiría también a Bela Bartok.
- Tú escribiste "El perseguidor" como un cierto homenaje a Charlie Parker. ¿Cuándo descubriste su música?
- Fue antes de irme de la Argentina. Cuatro o cinco años antes, un día compré Lover Man, sin conocerlo. Al principio mi reacción fue negativa hasta que un día la cabeza me hizo clic y desde entonces, muchas cosas que había oído hasta ese momento perdieron sentido. Su música fue muy importante para mí.
- De los que vinieron después, ¿quiénes te impresionaron como Parker?
- Dizzy Gillespie, Miles y después, Colttrane. Esos son discos que también me llevaría conmigo. Y sin duda, no podría olvidarme de Earls Hines, que es un pianista al que adoro. Toca como un dios. ¿Sabías que Dizzi y Charlie Parker tocaron en 1943, juntos, en la banda de Hines? Earl es un músico maravilloso, lleno de alegría y humor. Los movimientos de su mano derecha suenan como una transposición de la trompeta de Armstrong...
- ¿Escuchas jazz a diario? ¿Escuchas mieentras trabajas?
- Sí, escucho dos o tres discos de jazz por día y bastante más música clásica. Pero jamás pongo música mientras hago otra cosa. Los que compusieron esa música no lo hicieron para que fuera un "fondo musical" sino para que lo oyéramos con la misma atención con la que leemos un libro.
- Una última pregunta: ¿crees que el jazzz ha influido en tu obra?
- Sí, mucho. Me enseñó cierto swing que está en mi estilo e intento escribir mis cuentos, un poco como el músico de jazz enfrenta un take, con la misma espontaneidad de la improvisación.
Kafka y Borges por las calles de Praga Borges comunicó a los lectores argentinos que Kafka era el autor de una de las obras más singulares del siglo. Narrar en novela una metáfora de lo insuperable, del muro, fue su cometido o su destino. Observó Borges que dos obsesiones guiaban la obra de Kafka: la subordinación y el infinito.
Dice el mayor exegeta de la Praga mágica y judía, Angel Ripellino: “Todavía hoy, todas las noches a las cinco, Franz Kafka vuelve a su casa en la calle Celetná, con su galera redonda y de traje negro”. Esa frase sólo se podría escribir en Praga. La Celetná, la Paritzká, la calle Meisel, nervio del intenso gueto que nace del cementerio y la Vieja-Nueva sinagoga. Y más allá del espléndido palacio Kinski, donde estuvo el negocio de galanteries del viejo Kafka, ese padre objeto de admiración y odio, determinantes en la patología del novelista. Al fondo, hacia la altura del castillo, las torres agudas de la catedral, que se hunden en la niebla como antenas de un enorme insecto desesperado. Si Borges hubiera venido a Praga, nos habríamos apostado antes del amanecer, siguiendo a Ripellino, hasta oír los pasos de Kafka sobre el granito de la Plaza Vieja. Agil, delgado, con su rostro anguloso y la galera melón de abogado de seguros, regresando bajo la luz de gas.
Jorge Luis Borges se sorprendió con Kafka hacia 1938, cuando se editaban los libros mayores con elogios de Thomas Mann, Eliot, Gide, Hesse, Werfel. Lo leyeron y editaron a sólo catorce años de su muerte. Torre, que dirigía las ediciones Losada, encargó a su cuñado Borges la traducción de La metamorfosis.
Borges comunicó a los lectores argentinos que Kafka era el autor de una de las obras más singulares del siglo. Narrar en novela una metáfora de lo insuperable, del muro, fue su cometido o su destino. Observó Borges que dos obsesiones guiaban la obra de Kafka: la subordinación y el infinito. “En casi todas sus ficciones hay jerarquías, y esas jerarquías se suceden infinitamente.” Son infinitas por ser intrínsecamente insuperables. La vida como herida absurda.
En el privilegio de su puesto secundario en la biblioteca de Boedo, traduciendo al extraño checo, surgió una curiosa mezcla de atracción y de oposición con ese maestro de aporías existenciales. Kafka llevaba un germen nihilista que Borges, desde sus íntimas fiestas de esteta (eran sus mejores años de creación), no podía compartir. Kafka, que escribió mucho, no quiso ser un escritor público. Corre la leyenda de que pidió a su amigo Max Brod y a su amada de los días finales que quemaran sus textos, los más importantes. Murió casi inédito y desconocido, como profeta sin lectores de un futuro de horror que culminaría en Auschwitz e Hiroshima. El proceso de Joseph K se haría realidad dos décadas después en la piel de Slansky y en el defenestramiento de Masarik por agentes de la KGB. Sus hermanas y gran parte de su familia serían gaseados en Maidanek. Su obsesión insuperable por el absurdo se confirmaría en los peores años de horror de la historia: las matanzas de la Guerra Civil Española, el nazismo, la invasión de China y los millones de muertos de la guerra revolucionaria, los años de penuria de la crisis del 29, con bolsones de miseria y crimen en Estados Unidos.
Con infantil inmodestia, los argentinos nos atribuimos el protagonismo de una rioplatense “década infame”. En realidad, la Argentina era un lago bendito, lejos del horror, al que tanto judíos como alemanes y españoles no veían la hora de evitar alcanzando nuestras playas. Un kindergarten amurallado en cuyo centro, rodeado de cisnes literarios, estaba Borges en diálogo con los grandes creadores, en su biblioteca. Allí nació su mejor prosa, desde la Historia universal de la infamia hasta El jardín se los senderos que se bifurcan.
Borges nunca creyó en la literatura de la neurosis (no adoró a Dostoievski, como era usual entonces, y no le interesó Sartre). Como Nabokov, creyó en el lenguaje y en las revelaciones por la puerta de la estética. Sin embargo, su permanente interés por Kafka, cierta identificación, podría sondearse en lo íntimo de sus personalidades. Frustrados en lo hondo, tal vez heridos en su sexualidad, ambos podrían haber exclamado conjuntamente, si Borges y K se hubiesen podido encontrar a las cinco de la mañana en la Plaza Vieja: “Lo único de lo que me arrepiento es de no haber sabido ser feliz...”
No demostraron ser tan afectados por las enfermedades (la tisis y la ceguera) como por sus incapacidades para la vida real y cotidiana, por problemas muy íntimos. Uno, por la madre y el otro, famosamente, por el padre que anegó su vida como una proyección frustradora de naturaleza jehovásica. Observó Georges Bataille que el erotismo en la obra de Kafka “carece de amor, de deseo y hasta de fuerza: es un erotismo de desierto”. Kafka no aceptó el destino de ser adulto y padre. Maduró hacia la esterilidad. Según Bataille, quiso vivir y conservar “el niño irresponsable que era”.
Kafka escribió como al pasar, en su Diario, una de las frases más terribles de su siglo literario: “Mi vida es un titubeo prenatal”. Borges supo que tenía un solo camino de sublimación de esa imperfección existencial congénita: la felicidad del arte y de los libros asumida sin culpa, con total entrega. Algo que Kafka no supo hacer. Más bien es como si hubiera querido separarse de su obra como de un hijo no reconocido. El tremendismo nihilista de K lo llevaría a concebir el triunfo final de las sonoras trompetas de la nada, como escribió en el sosegado escritorio de su empleo en la empresa de seguros.
Ni Borges llegó a Praga, como tanto lo deseó, ni el espectro de Kafka pasó al amanecer por la Zeltnergasse. Pero a un paso de allí, en la Vieja-Nueva Sinagoga, la más antigua de Europa, hubiera alcanzado la cuna de la extraña leyenda del Golem, que Borges conoció por el libro de Gustavo Meyrink y por el cabalista Scholem, tema al que dedicó un importante poema.
Hacia 1580, el rabino Löw, de la Alte-Neue Sinagogue, después de infinitas búsquedas, logró coordinar las letras secretas del Poder de Dios, capaces de crear vida. Con sus acólitos, buscó arcilla de la costa del Ultava y amasaron un homúnculo que no debió de ser muy diferente del que venden en todas las medidas en la puerta del cementerio judío como souvenir. En un trozo de pergamino, escribió las letras irrepetibles, y ese objeto, llamado Chem, portador del supremo logos, lo introdujo en la boca del muñeco. Probablemente, el rabino no consideró aquello como una impostura. Dios había creado aquel otro golem que se llamó Adán con arcilla y con el poder divino de la vida. Incluso lo distinguió entre todos los entes de la Creación. Tuvo la humorada de encomendarle que “señoreara sobre los peces del mar, las aves del cielo y las bestias de la tierra”, con lo que inauguraba la catástrofe ecológica que hoy está cerca de culminar.
Para Cioran, el Jehová que tuvo la ocurrencia de crear a Adán era un demiurgo menor, chambón. Lo mismo debió sentir el rabino Löw cuando su humanoide se alzó y se movió groseramente por la sinagoga. Tenía mirada “menos que de perro”, y Borges agrega en su verso que el gato se apartaba ante su paso torpe. Apesadumbrado, el rabino constató que el Golem no daba muestras de sutileza. Era tan bruto como el común de los hombres. Lo destinó a tareas de limpieza y a levantar bultos. Después de miles de años, este segundo Adán, también sin ombligo, debía ser expulsado, esta vez no del paraíso, sino de la calle Meisel: un sábado enloqueció y salió a matar gatos y gallinas, espantó a la gente y arrancó árboles. El rabino lo enfrentó y le quitó el Chem. El monstruo fue otro fracaso y se deshizo en polvo en los altos de la sinagoga, lugar al que desde entonces está prohibido entrar.
(Borges murió en 1986 sin conocer la ciudad ni encontrarse con K, muerto en 1924. Ambos hablan ahora seguramente en otro espacio. Invitado para la Primera Bienal Borges/Kafka, intenté fijar en este texto la aproximación de esos seres tan grandes como distantes.)