Los que padecemos la fiebre de las primeras ediciones somos muy dados a balancearnos en las ramas de la memoria. Nos hace falta poco para que se nos disparen los recuerdos: basta un listado de libros, y haber pasado media vida buscándose a uno mismo en almacenes de polvo, en pequeñas tiendas donde siempre había algo que llevarse: a veces era una primera edición, otras la sensación de estar perdiendo el tiempo, y otras, una historia contada por una librera exiliada en Roma que acariciaba a un gato drogado.